sombra

I. Las Sombras

26 mayo, 2016 , In: El Imperio de los Secretos , With: No Comments
0

Las gotas de lluvia golpeaban violentamente los cristales del tren. La tenue luz producida por la luna, que apenas podía colarse por las densas nubes, se reflejaba en la ventana que tenía justo detrás. Sostenía en sus manos un ejemplar de J. K. Rowling que devoraba con ansia página tras página.

Un súbito relámpago iluminó todo el oscuro cielo y acto seguido, un estrepitoso trueno provocó la exaltación de Darío. Abandonó la lectura para observar la tormenta veraniega que atizaba toda la región. Con la ayuda de su mano, desempañó una pequeña parte del cristal y hundió su mirada en la oscuridad del exterior. Afuera, se percibía cómo el agua había empezado a inundar las calles y un viento desmesurado hacía que las hojas y ramas se agitaran frenéticamente.

El vagón en el que se encontraba estaba casi vacío. Darío permanecía sentado en uno de los sillones agrupados de cuatro en cuatro justo en el lateral de la puerta. Al frente no había nadie. En uno de los cuatro asientos adyacentes a su derecha, un hombre alto, de pelo oscuro y con americana, ojeaba el periódico sin mucho entusiasmo. Varios metros hacia su izquierda, dos jóvenes extranjeras hablaban animadamente en su idioma nativo. Una de ellas, que era ligeramente más alta que la otra, tenía una hermosa bruñida cabellera y unos ojos hipnotizantes de un azul intenso.

Puesto que los nuevos trenes no tenían separación entre vagones, se podía ver que no eran los únicos pasajeros. De pronto se oyó la voz de una mujer: “Tren amb destinació Sant Celoni. Propera parada, Barcelona Sants. Tren con destino Sant Celoni. Próxima parada, Barcelona Sants”.

El tren entró en un túnel. Por la ventana se vislumbraban cada muchos metros las luces de emergencia que apenas lograban iluminar las paredes del conducto. Se quedó mirando fijamente el reflejo del cristal. Se veía a sí mismo, con sus ojos color miel oscura y su pelo castaño. Su nariz era recta, con la punta sutilmente redondeada. Miró también sus labios, que no eran excesivamente carnosos. Hizo una mueca para verse los dientes, esos bien puestos y blancos dientes.

Y mirando el reflejo, desvió la mirada de su persona y se fijó en una figura que estaba en uno de los asientos de detrás, que hasta hacía poco permanecía vacío. Llevaba una especie de túnica negra con capucha, pero la persona se veía distorsionada y borrosa. Quizá era cosa del reflejo del cristal. Darío se giró de golpe para verla mejor, pero allí no había nadie…

Se quedó atónito y observó su alrededor, pero en el vagón solo estaban los mismos de antes. Tal vez solamente se hubiese imaginado esa extraña figura.

Su mirada se cruzó con la del hombre que tenía cerca. Él le observaba extrañado, tal vez pensando que Darío estaba un poco trastornado puesto que solamente se dedicaba a girar la cabeza a lado y lado, buscando la sombra. El hombre trajeado cerró su periódico y lo dejó encima de su asiento, luego se dirigió hacia el servicio que tenía justo detrás. Darío le siguió con la mirada y, cuando las puertas se cerraron, aprovechó para colocar los pies encima del asiento que tenía enfrente, para estar más cómodo.

Tenía que relajarse, estaba un poco exaltado. Cogió su libro y se sumergió de nuevo en la lectura; pero tras haber releído cinco veces el mismo fragmento de texto, se dio cuenta de que solamente pensaba en esa figura misteriosa.

Cerró el libro con un golpe seco y se quedó observando el techo. Uno de los fluorescentes había empezado a parpadear ligeramente. Con cada movimiento de encendido-apagado se oía un pequeño tic, que producía una discreta y arrítmica melodía. De repente el sonido cesó y el fluorescente se quedó apagado. Darío lo miraba fijamente cuando se extinguieron todas las luces y el tren se inundó de oscuridad. Se quedó inmóvil y aferró con fuerza el libro. Se le pasó por la cabeza de nuevo la extraña silueta del cristal y un escalofrío recorrió su cuerpo.

Un agudo chirrido indicaba que el tren estaba haciendo una parada de emergencia. Por el fondo se oyeron voces preguntando qué había pasado y algún que otro grito. Él se quedó quieto, en su asiento, y no tenía intención de moverse. A lo lejos veía cómo la gente sacaba sus móviles para alumbrar esas tinieblas.

Las dos chicas extranjeras habían dejado de hablar y, manteniendo la calma, iluminaban el suelo con intención de ir a hablar con el conductor. Darío observó cómo la luz de sus teléfonos se alejaba en dirección a la cabeza del tren. Se había quedado solo, y el hombre que había ido al servicio seguía allí dentro, quizá atrapado, quizá con necesidad de salir.

Darío fue hacia el lavabo y usó su reproductor de música para alumbrar el camino. La puerta corredera del lavabo estaba cerrada y el botón de apertura no funcionaba.

—¡Señor! ¡Disculpe, señor! ¿Está usted ahí dentro? —dijo mientras golpeaba la puerta. Pero no obtuvo respuesta.

Intentó meter los dedos en la juntura de la puerta para abrirla a la fuerza, pero se le cayó el aparato al suelo y la oscuridad volvió a invadirlo. Se agachó y, palpando el suelo, lo buscó; pero no conseguía encontrarlo.

La penumbra, la sensación de impotencia y el estar encerrado sin posibilidad alguna de escapar, hicieron que se empezase a poner nervioso y que su respiración se agitase. Darío tenía claustrofobia.

La punta de su dedo se encontró con uno de los auriculares, intentó respirar profundamente y tiró de él. En el extremo del cable encontró su reproductor de música y lo aferró con fuerza. Se sentó de espaldas a la ventana, acurrucado al lado de la puerta.

Se obligó a inhalar el aire despacio para no sufrir un ataque de ansiedad. Cuando se calmó, pulsó el botón de encendido y se quedo mirando la brillante luz que producía la pantalla. Levantó la mirada y soltó un grito al ver que la figura encapuchada estaba frente suyo. Cerró los ojos durante una fracción de segundo, y cuando los abrió ya no había nadie… Las luces volvieron y el tren se puso en marcha de nuevo.

Estaba sentado en el suelo justo al lado de su asiento, había recorrido más de lo que él creía. Vio cómo las dos chicas se acercaban del extremo del tren para volver a sus asientos. Darío se levantó despacio y se sentó en la silla. Miraba fijamente el suelo, respirando muy lentamente. Estaba confuso, aún así, mantuvo la calma durante lo que quedaba de trayecto.

Al cabo de unos minutos, las dos chicas se levantaron y se acercaron a él. Darío se quedó mirándolas.

—¿Te encuentras bien? —preguntó la chica rubia con acento inglés.

Él se quedó mirándola y, sin decir nada, asintió. Aún seguía perplejo por esa aparición que ya había visto dos veces. ¿Podía ser que hubiese sido producto de su imaginación? ¿Podía causar el miedo ese tipo de cosas? ¿O tal vez el estrés de los exámenes y las pocas horas que había dormido le avisaban de su estado fatigado?

El tren fue frenando hasta detenerse por completo y una de las chicas pulsó el botón de apertura. Él también descendió del tren.

En el andén había bastante gente, sobretodo guiris con enormes maletas deseosos de examinar la Ciudad Condal. Se quedó quieto observando su alrededor, esos inmensos y subterráneos andenes. Había catorce vías donde constantemente pasaban trenes hacia todas direcciones. Por las seis primeras vías circulaban los de alta velocidad, por la undécima y duodécima pasaban los trenes de larga distancia, y por las otras seis transitaban los de cercanías y regionales. Todo estaba iluminado con fluorescentes, y tanto el suelo como las columnas eran de color blanco mate que contrastaban con el oscuro del techo y de las vías llenas de grasa. Una hilera de asientos metálicos llenaba el prolongado espacio que había entre las columnas.

Darío se encontraba en el andén entre las vías trece y catorce, que estaba bastante abarrotado a causa del retraso del tren. Toda la gente que había bajado, se dirigía hacia las escaleras de subida, donde estaba la salida. Darío se puso a caminar hacia allí sin detenerse, y con ansias de huir del subsuelo, se metió en la cola y dejó que las escaleras mecánicas le subiesen.

Arriba se encontraba un gigantesco vestíbulo que estaba a pie de calle. El brillante suelo ocre claro y granate apagado se extendía metros y metros alrededor. El vestíbulo de la Estación de Sants era aún más gigantesco que sus andenes, todo lleno de cristaleras por donde se veía que la lluvia aún no había cesado. Varios restaurantes y tiendas complementaban los servicios que la estación ofrecía.

Se dirigió hacia el metro cosa que, después de lo sucedido, no le hacía mucha gracia adentrarse de nuevo bajo el suelo. Cruzó todo el vestíbulo en dirección norte y mientras iba andando distinguió, a lo lejos, a las dos chicas que le habían hablado en el tren, saliendo por la puerta principal. Y no estuvo seguro, pero le pareció que esa figura encapuchada cruzaba rápidamente tras ellas…

Se quedó atónito y cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, no había rastro de la sombra y un bostezo se le escapó sin poder remediarlo.

Al lado del restaurante, poco antes de llegar a la zona del metro, estaba sentada una anciana que le llamó mucho la atención. Era bajita y con bastantes arrugas, pero tenía un largo pelo negro que le llegaba por la cadera. Su fisonomía era dulce, la típica abuela compasiva y tierna, pero su cara le resultaba conocida. Esa anciana de vestimenta estrafalaria se acercó lentamente hacia Darío, que permanecía quieto en medio del vestíbulo.

—Thesea, ¿Qué hace usted aquí? —preguntó sorprendido Darío.

—Obviamente venirte a buscar, mi pequeño Darío —contestó ella con su suave y aguda voz.

Thesea era la hermana de su abuela por parte de madre, una mujer muy anciana de unos ochenta años, pero con una increíble vitalidad. Ella le extendió su mano huesuda y arrugada y él la cogió.

—¿Cómo sabía que me encontraría aquí? —Darío formuló otra pregunta.

Thesea se limitó a sonreír y lo llevó hasta el bar de la estación. Ambos se sentaron en una mesita apartada del resto, en una esquina de la sala. El camarero se acercó enseguida.

—¿Qué van a tomar? —dijo el hombre. Darío abrió la boca para decir algo pero se quedó callado. Miro a su tía abuela y ella contestó:

—Pónganos un té a cada uno, si es tan amable.

—¿De qué tipo lo queréis? —preguntó.

Thesea sonriente, miró a Darío. Los pidió de vainilla, su favorito. El camarero se retiró hacia la barra y poco después los sirvió. Ella no borraba su alegre mohín y Darío le miraba fijamente.

De las dos tazas blancas salía un suave vapor aromatizado que se perdía por el fresco ambiente. Con sus manos aún temblorosas cogió una de ellas. El calor abrasador de la cerámica le calentó las manos, cosa que hizo que dejaran de tiritar. Se la acercó a los labios y dio un pequeño sorbo. La agradable fragancia de vainilla le inundó de recuerdos de sus largas tardes de infancia que había pasado con su tío Frans.

—Veo que aún no sabes por qué estoy aquí —afirmó la anciana. Él le miró con cara dubitativa—.¡Ay, mi querido despistado!

Darío, que aún sujetaba su taza, se quedó pensando mientras Thesea cogía la suya y también bebía.

—Mañana tenemos comida familiar, por el cumpleaños de tu padre… —añadió ella al ver que Darío no contestaba.

—¡Oh, no he felicitado a mi padre! —exclamó Darío.

Se le había ido completamente de la cabeza que ese día su progenitor cumplía cuarenta y cuatro años. Y de repente le volvió a la mente la figura encapuchada de la cual se había olvidado momentáneamente. Su expresión se endureció y dejó lentamente el tazón encima la mesa. Lo había pasado mal en el tren por el agobio del lugar encerrado y el susto que se había dado al levantar la mirada.

—¿Qué te preocupa, mi pequeño Darío? —se interesó la anciana.

—En realidad no es nada… —vaciló un momento, pero decidió contárselo.

—Tranquilo, no le des importancia. Muchas veces tu mente puede crear ilusiones en los momentos de pánico. Solamente tienes que superar tus miedos… Además, estás cansado de tanto estudiar, pequeño. Necesitas un descanso.

Las palabras que había pronunciado le consolaron un poco. Ella siempre sabía qué decir para hacerle sentir bien, aunque con su propia presencia conseguía ese efecto sin ni siquiera emitir una sola palabra.

El camarero volvió para llevarse las tazas vacías y de paso trajo consigo la cuenta. Darío hizo el gesto de sacar su cartera, pero Thesea tenía el monedero ya preparado desde hacía rato. Una vez pagado, se levantaron y se dirigieron hacia el metro.

Ninguno de los dos hablaba, se limitaban a andar y de tanto en cuando mirarse para sonreírse. Darío se fijó que su tía abuela estaba más seria que antes. ¿Le había preocupado la historia que le había contado? ¿O es que estaría pensando que todo había sido causado por la imaginación de Darío?

La estación estaba un poco más vacía. Ya no circulaban todos los trenes, así que la mayor parte de la gente se había ido. La entrada al metro estaba al norte de la estación. Justo al lado había un gigantesco panel que ocupaba toda la pared, con la red de metro, tren y tranvía del área metropolitana de Barcelona. Un gran punto blanco y negro, en medio de una encrucijada de líneas de distintos colores, localizaba la estación de Sants.

Un niño pequeño miraba embobado ese cartel mientras su madre hablaba por teléfono y un perro más grande que él se le acercaba con la lengua afuera. El animal se abalanzó sobre el pobre niño y le lamió toda la cara. Darío soltó una carcajada, la primera en todo el día. Esos días, como apenas podía quedar con sus amigos, no solía reírse, y con el estrés de la Selectividad tenía que estar todo el día concentrado. Para él, los estudios eran muy importantes, no obstante, los exámenes habían finalizado, así que podía permitirse relajarse un poco. Al oírle reír, Thesea también lo hizo.

Las estrechas escaleras que descendían bajo la superficie solían estar bastante sucias. Por esos peldaños pasaban diariamente miles de personas, así que era normal. Increíblemente, esa vez permanecían relativamente limpias.

Unos metros más abajo había un pequeño atrio subterráneo iluminado artificialmente. Thesea y Darío buscaron sus respectivos tickets y picaron el billete. En la bifurcación de las líneas de metro azul y verde, escogieron el camino hacia la línea cinco. Tras haber recorrido un par de tramos de escaleras y algún pasadizo, llegaron al andén.

—No lo recordaba tan largo el trayecto para llegar hasta el metro —comentó la anciana.

Era la primera vez en mucho rato que uno de los dos hablaba. Thesea no era una persona de mucho habar, pero eso no le importaba a Darío. Él pensaba que el silencio no era tan malo, que podía estar con la gente que deseaba pero pensando en sus asuntos.

—Creo que han hecho obras hace poco… —le aclaró Darío—. Es más, creo que durante unas semanas el tránsito estaba cortado por aquí, y se tenía que dar una vuelta aún más estúpida…

—¿Le has comprado algo a tu padre? —cambió radicalmente de tema.

Él lo negó con la cabeza. Era la primera vez que Darío no lo hacía. Quizá su padre se quedase decepcionado… De nuevo se quedaron callados. Thesea estaba dispersa y más seria que antes.

—¿Qué le ocurre? La noto preocupada… —comentó Darío mientras se sentaban en uno de los bancos de piedra del andén.

—Con el cumpleaños de tu padre —hizo una pausa y continuó—, coincide la muerte de mi marido, tu tío abuelo.

—Lo siento… no tenía ni idea…

—No hace falta que te disculpes, eso pasó mucho antes de que tú nacieses. Lo que me inquieta no es ese suceso, sino que antes de morir vio una figura, como una sombra negra, tal y como tú la has descrito… Me preocupa que te pueda suceder algo…

—No se preocupe, usted misma me ha dicho que el temor puede jugar malas pasadas. La mente es como una fábrica de sueños que, en los momentos críticos, puede actuar de esa forma. Tiene toda la razón, y es probable que lo que él vio, no fuese más que su pánico a morir —Darío había cambiado su actitud, de estar nervioso y preocupado, a creer cada vez más que nada de eso había sido real.

Sus propias palabras le habían convencido de que no tenía sentido creer en esas cosas absurdas. Pero no estaba seguro de si lo que había dicho su tía abuela era verdad o simplemente una estrategia de psicología inversa. Thesea le sonrió y le agarró la mano. Se acercó un poco a su oído y dulcemente dijo:

—Cariño, no hace falta que me trates de usted… —Darío le dedicó una amplia sonrisa y ella le tocó la mejilla.

El metro entró en el andén haciendo un estruendo que resonó a lo largo del túnel. Ellos se levantaron y esperaron a que una de las puertas se detuviese enfrente. Thesea y Darío entraron cuando la multitud ya se había diseminado. El vagón, pese a la cantidad de gente que había bajado, estaba bastante lleno. No quedaban asientos libres, así que se agarraron a una de las barras metálicas transversales y se dispusieron a iniciar el viaje. Un amable señor se levantó e hizo un gesto a Thesea para que se sentase, y ella toda agradecida, aceptó.

El largo metro no tenía, como el tren, separación física entre vagones. Eso permitía ver como tomaba todas las curvas y como se doblaba como si fuese un gusano.

El metro se puso en marcha suavemente y fue cogiendo velocidad. Una señora cargada con múltiples bolsas corría escaleras abajo con intención de llegar al ya inalcanzable tren subterráneo. Pero detrás de ella, de pie sosteniendo algo plateado, volvió a ver esa sombra… Darío apartó la mirada y parpadeó reiteradamente.

En las siguientes estaciones, la mayoría de pasajeros fueron abandonando el metro, y Darío pudo sentarse al lado de Thesea. Su mente analizaba con interés esas apariciones que estaba viendo, así que cuando la anciana le habló, no la entendió a la primera.

—Aunque el cumpleaños sea hoy, si quieres te puedo ayudar a preparar algo para mañana… —le repitió su tía abuela.

—Me encantaría —contestó él.

«Tal vez debería hacerle algo manual, algo más sentimental», pensó Darío mirando fijamente el cristal que tenía enfrente. En ese momento recordó el hombre de la americana, el que había ido al servicio; al que no había visto salir, ni localizado en el andén ni en la estación. ¿Dónde estaría ese hombre? ¿Cómo había salido sin que Darío se diese cuenta?

Pese a las muchas preguntas y pocas respuestas que se le ocurrían, decidió hacer caso omiso a ese tema y seguir pensando en el regalo para su padre.

El tren fue disminuyendo la velocidad hasta detenerse por completo en el andén de Sagrada Familia. Varias personas se abalanzaron sobre la puerta con intención de salir rápidamente de allí. Thesea y Darío también se levantaron y bajaron del metro.

Siguieron a la multitud hasta la bifurcación de la línea azul y la lila, y salieron al exterior por las escaleras.

Esa boca de metro estaba justo en el cruce entre calle Marina y Provença, justo al final de la Avenida Gaudí, de espaldas a la gran basílica. Darío muchas veces salía por el otro lado, al lateral del parque, porque le gustaba darse una vueltecita por este pequeñito rincón de tranquilidad.

Afuera ya había dejado de llover a cántaros y solo chispeaba. El olor de la lluvia impregnaba el ambiente, veraniego y mojado.

Empezaron a andar en sentido contrario a la Sagrada Familia, calle arriba dejando atrás la Avenida Gaudí. La calle Marina era la típica calle del Eixample, con doble carril en un único sentido, en ese caso, ascendente. A lado y lado de la carretera había los habituales edificios estrechos de cinco a siete pisos con tiendas en la planta baja. Las manzanas de casas no eran cuadrados perfectos, sino que tenían las puntas cortadas en diagonal, de forma que los cruces de calles eran más espaciosos.

Siguieron andando en la misma dirección que la circulación, y llegaron a la primera intersección, con la calle Rosselló.

Las nubes negras se habían desvanecido ligeramente dejando a la luna asomarse. La poca llovizna que caía, que ya iba cesando, apenas mojaba. El ambiente se había refrescado considerablemente y los viandantes iban tapados con chaquetillas de verano y pañuelos finos de colores vivos.

Darío empezó a tener frío y su cuerpo reaccionó temblando de nuevo. Su tía abuela le ofreció su chaquetilla de lana, que él rechazó amablemente. Los dos apretaron el paso. Estaban ya cerca de casa. Después de cruzar la calle y recorrer otra manzana, llegaron a la bifurcación de la calle Córsega, que también atravesaron.

En esa esquina, había una panadería donde hacían dulces y pastas típicas de Argentina. A Darío le encantaba y siempre que podía, al salir de clase, iba rápidamente a comprar alfajores, un emparedado de galletas relleno de dulce de leche y recubierto con chocolate. La mujer de la tienda era muy amable, siempre le sonreía y le regalaba pequeñas cosas.

Una vez, en un día muy caluroso hacía no mucho, cuando él se acercó a buscar su merienda diaria, ella le tendió la mano y le entregó una pequeñita caja de cobre, cerrada con llave, un poco oxidada.

«¿Qué contendría el extraño cofre?», había pensado Darío, y ese día, mientras merendaba, lo observaba detenidamente. La misma tarde, cuando llegó a casa se dio una refrescante ducha de agua fría, y el pequeño baúl quedó abandonado debajo de su cama, olvidado, sin abrir, sin saber qué sorprendentes secretos podía esconder…

Al pasar por delante de este establecimiento, Darío recordó ese día caluroso. Se le vino a la cabeza cómo, justo al llegar a su habitación, escondió la diminuta arca en una losa hueca que se encontraba debajo de su cama. Lo había borrado involuntariamente de su memoria.

Thesea tiró de su mano y él reaccionó. Darío se había quedado estupefacto observando el escaparate de la panadería. Estaba repleto de pastas suculentas, rellenas de chocolate y crema, de jamón y queso, y todo tipo de galletas.

—Vámonos cariño, que ya estamos a punto de llegar —Darío asintió con la cabeza y reemprendieron su marcha.

Ya solo les faltaba el último tramo de edificios y, al llegar a la siguiente arista, giraron a la derecha. Esa calle horizontal era Industria, una vía extendida desde Paseo de Sant Joan hasta La Meridiana.

Al otro lado de la acera, justo en ese tramo de la calle, surgía un reducido parque que escasamente ocupaba una manzana de casas. La entrada y el centro de esa plaza eran de tierra arenosa. Distribuidos a lo largo de toda ella, se encontraban unos bancos serpenteantes de hormigón, y en el medio, una empalizada circular de madera rodeaba la zona de juegos infantiles.

El parque estaba limitado lateralmente por un césped verdoso y por una leve rampa embaldosada. Justamente al lado se alzaba un edificio discreto de paredes crema, con cuatro plantas. En la baja, había dos locales: uno de ellos tenía los cristales tintados y los padres de Darío lo usaban de trastero; y el otro se empleaba de frutería. Ese último era, al contrario que el resto del inmueble completo, el único que no pertenecía a la familia de Darío.

Thesea y Darío cruzaron la calle y se acercaron a esa edificación. La puerta del vestíbulo permanecía cerrada, Darío alargó la mano y llamó al telefonillo. Pese a tener cuatro pisos y dos puertas en cada uno, solamente tenía seis timbres. Eso se debía a que el tercer y cuarto piso estaban unidos formando dos dúplex; y Darío vivía en uno de ellos. Las demás viviendas las alquilaban, así sus padres se ganaban cada mes unos ingresos económicos extra.

—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó una voz profunda de hombre.

—¡Yo, papá! —exclamó acercándose al interfono. De la cerradura salió un sonido penetrante y Darío empujó la puerta.

El portal era espacioso, con dos hileras de plantas floridas a ambos lados y con unas escaleras de granito al fondo. Entre las escaleras y las plantas, se encontraba el ascensor. En frente, en esa tapia, había dibujado un paisaje de árboles exuberantes y una cascada.

—¡Aaachííís! —estornudó Darío.

—Creo que deberías tomarte un baño caliente —sugirió Thesea mientras le alargaba un pañuelo que había sacado de su chaqueta.

Mientras Darío se sonaba, ella llamó al ascensor, y unos instantes después, ya estaban en el tercer piso.

El rellano era como el vestíbulo, de color blanco y suelo de granito. Dos robustas puertas de roble negro daban el acceso a los hábitats. Un hombre alto, de pelo bruno, con una barba de un par de días y aún trajeado, les saludó desde el portón donde, en metal bruñido, ponía «Tercero B».

—¡Felicidades papá! Siento no habértelo dicho esta mañana… —se excusó Darío abrazándole.

—No te preocupes, tenías otras cosas más importantes que hacer —le respondió su padre—. Por cierto, ¿Cómo te han ido los exámenes de hoy?

—Bastante acepta-a-a… ¡aaaachís! Voy a ducharme, que tengo frío.

Se fue hacia dentro mientras Thesea también felicitaba a Andros. El recibidor de la casa era holgado, con baldosas pulidas de cuarcita beis. Un enorme espejo ocupaba la antesala de punta a punta. En la otra pared, un sinfín de fotografías familiares se extendían alrededor de una en concreto, ese retrato en el cual irrumpían dieciséis medio sonrientes personas, todas agrupadas en varias líneas. La imagen se había tomado hacía un par de años.

Atravesó el salón y corrió escaleras arriba. Sin ni si quiera haber dejado su mochila en la habitación, se encerró en el baño. Ese era ancho y espacioso, de azulejos añil y esmeralda. Una pila longitudinal plateada con tres grifos arqueados presidía la vitrina que tenía debajo. Unos metros hacia atrás, un escalón elevaba la amplia bañera circular pretendiendo resguardarla y aislarla. Esa división se completaba con una mampara corredera semitransparente.

Darío alargó la mano y abrió el grifo de la bañera. Mientras se llenaba, se quitó la ropa ligeramente empapada y la dejó en un cesto de mimbre. Salvó el desnivel y se metió dentro del agua cálida. Pulsó varios botones y accionó el baño de espuma y burbujas.

Estaba recostado, con la cabeza fuera del agua envuelta en grandes cantidades de espuma. Respiraba lentamente, ya había dejado de temblar y ya no sentía frío. Cerró los ojos para que su mente se adentrase en un silencioso y sosegado estado de atenuación.

El sonido de la rotura de un cristal interrumpió su período de calma. Se incorporó y se quedó quieto. Otro ruido de vidrio, esa vez más fuerte, resonó con eco por toda la estancia. Darío descorrió parcialmente la mampara y se asomó.

Allí estaba ese ser, esa figura encapuchada, destrozando uno a uno todos los cristales del baño con un pesado martillo de medio metro. Darío se tapó la boca con una mano para no chillar, pero al hacerlo, removió el agua produciendo un gorgoteo.

Esa silueta se giró de golpe. No se le veía la cara, solo sombras, su cuerpo entero recubierto por la oscura capa se deformaba y fusionaba con el ambiente. Alzó su maza para golpearle e inició el gesto que destrozaría a Darío… ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Sonó la puerta y Darío abrió los ojos exaltado.

—¿Darío? —preguntó la voz de su madre—. Tu padre y yo nos vamos al aeropuerto a buscar a tu tío. Thesea te espera para cenar.

—¡Vale mamá! —contestó temblorosamente. Se había quedado adormecido con el suave masaje de las burbujas.

Apartó la pantalla de cristal lentamente y se quedó observando; ahí no había nadie, solo había sido una pesadilla. Se levantó y cogió su albornoz, con el que se tapó con fuerza. Sacó los pies de dentro del agua tibia y los apoyó en el suelo.

—¡Ay! —exclamó. Miró su dedo grueso del pie izquierdo y vio como un pedazo de cristal no más grande que una moneda le había hecho una pequeña hendidura por donde le resbalaba una gota de cálida sangre.

Comments are closed.