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II. Noche sin Estrellas

26 mayo, 2016 , In: El Imperio de los Secretos , With: No Comments
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El verano ya era apenas un susurro cuando abrió los ojos. Un ventisqueo gélido se coló por las rendijas que dejaba la madera roñosa y desgastada del carruaje, recorriendo su cuerpo en forma de escalofrío.

La capa de lana con la que se había tapado durante la noche estaba parcialmente caída, dejándolo expuesto al frío de cintura para arriba. Se encontraba en el banco interior del carromato, que pese a estar forrado con telas y relleno de plumas, era sumamente incómodo. Tenía, además, las piernas entumecidas de haberse dormido mientras estaba sentado, esperando que su comitiva llegase a Castillo de Diosas. Era algo inusual que Maese Telo Pyadan no hiciese descansar a sus hombres durante la noche, pero tras trece días de camino, no podía aguantar ni un segundo más en ese condenado carruaje: el traqueteo era constante, el chirrido de las ruedas era molesto y el asiento era más duro que una roca; incluso a veces llegó a pensar si de verdad estaría relleno de plumas o de acero.

Pero, indudablemente, la cosa que más le había fastidiado hasta el momento era el sofoco que producía el sol durante esas largas jornadas de recorrido por campos y cerros. Era abrasador, era congestionante; hacía que hilos de sudor le empapasen el pelo rojizo y le resbalasen por el rostro, metiéndosele en los ojos y la comisura de los labios. Durante esos días, el carruaje había sido un horno sobre ruedas; no obstante, allí dentro estaba a merced de la sombra, al contrario que los caballeros que conformaban su escolta, que parecía que se cociesen dentro de las armaduras.

Descorrió con un gesto lento la cortina de satén rojo que tenía a la derecha, que cubría una ventana de cristales romboidales. Los albores del sol no hicieron acto de presencia; no porque la opacidad del vidrio no permitiera que lo traspasasen, sino porque ese día era Thin, y durante el Thin siempre había noche perpetua. El ambiente cálido que habían tenido durante lo que llevaban de viaje había terminado; el Thin traía consigo el invierno.

Se crujió los nudillos de ambas manos y se desperezó haciendo una mueca. Clavó su mirada en uno de los pequeños rombos de la ventana, intentando advertir el paisaje del exterior, pero lo único que vislumbró fue el reflejo de sus ojos azules. Mientras se observaba en el cristal, oyó el relinche de algún caballo, acompasado por el sonido constante de las pezuñas contra el suelo, marcando la marcha. Un hombre gritó algo y el carruaje se detuvo en seco. A Telo le pareció extraño, puesto que era imposible que hubiesen llegado tan pronto a su destino, así que abrió la puerta del carromato y asomó la cabeza.

—¿Por qué nos detenemos? —preguntó algo molesto.

—Mi señor —le dijo Ser Nilar Paladyen, uno de sus caballeros, que parecía algo nervioso—, deberíais ver esto…

Se colgó la capa de lana sobre los hombros y descendió del carruaje. Ser Nilar, ataviado en su armadura de bronce, lo llevó andando hasta el inicio del séquito, a unos veinte pasos de allí. En ese punto, el camino estaba flanqueado por dos docenas de robles que crecían altos y gruesos, dispuestos en hileras como centinelas expectantes. Tal vez la luz que ofrecía la luna no fuese suficiente, aún así, Telo Pyadan consiguió ver por qué se habían detenido. Aunque no era una visión agradable, se obligó a no apartar la mirada.

—Traedme una antorcha —ordenó en voz baja. Ser Nilar hizo un gesto con la mano y otro caballero le trajo la tea. Telo la agarró con firmeza y comenzó a avanzar por el camino, acompañado por su guardián.

Conforme se acercaban, el fuego iba iluminando los rostros de los ahorcados que colgaban de cada uno de los árboles: estaban podridos, a medio descomponer, con jirones de carne picoteados por los cuervos, desnudos o con la ropa hecha trizas.

—¡Qué crueldad, también hay niños ahorcados! —señaló Ser Nilar Paladyen. Los cadáveres habían convertido ese lugar en un paseo macabro—. ¿Quién creéis que ha podido cometer semejante atrocidad?

Pero se hizo el silencio. Maese Telo Pyadan estaba con la antorcha alzada, enfocando el rostro de una niña que no tendría más de diez años. Su cabellera dorada estaba embarrada y su cuerpo completamente desnudo.

—La violaron —murmuró entornando los ojos con repugnancia.

El viento gélido corrió de nuevo, meciendo los muertos con suavidad y arrastrando un olor agrio. Se giró hacia Ser Nilar, con parsimonia, anonadado por la imagen de aquella chiquilla.

—Bajadlos a todos y enterradlos —dijo, esa vez con voz autoritaria. El caballero asintió y se dirigió hacia la comitiva—. Y Ser Nilar —añadió antes de que se fuese—, ensillad mi caballo, daremos una vuelta.

En seguida el regimiento se movilizó para acatar sus órdenes. Además, encendieron una hoguera para cocer el almuerzo y apiñarse alrededor para entrar en calor.

—Están cansados y tienen frío —le comento Nilar, tras haber preparado su corcel bayo.

—Que descansen. Lo necesitan —estuvo de acuerdo Telo. Cogió las riendas del caballo y con un movimiento ágil, subió en él. Telo Pyadan nunca había sido muy corpulento, pero desde bien joven contaba con mucha destreza y prontitud. Así pues, tenía el pecho y los brazos fuertes, curtidos durante su época de caballero, y las piernas largas y esbeltas. Su rostro era ovalado, sin una barbilla muy pronunciada, con la piel almendrada, recubierto por una barba pelirroja de hacía un par de semanas. Su nariz era grande y redondeada, como sus ojos, que brillaban de azul claro—. ¿Y vos? ¿Estáis cansado? —le preguntó a Ser Nilar.

—Lo suficiente como para poder acompañaros —contestó Ser Nilar, subiendo a su montura. Telo esbozó una media sonrisa de aprobación y arrió al caballo.

Cruzaron por el Paso de los Robles, donde el regimiento de Maese Telo iba descolgando a los pobres asesinados y depositándolos en una fosa común que habían cavado. Esa parte del camino era de apenas sesenta pasos y daba la entrada a un pequeño bosque de robles y encinas. Fueron al trote hasta llegar al lindar, y allí se desviaron hacia la izquierda por un sendero muy estrecho de tierra, medio escondido tras unos arbustos.

—No deberíamos alejarnos demasiado, Maese Telo —expuso su guardián—. Vos vais sin armadura; no creo que un jubón de lana y un chaleco de cuero detengan flecha alguna.

—Os agradezco la preocupación, Ser Nilar. No obstante, estamos cerca del lugar al que nos dirigimos. No correremos ningún riesgo.

—Pero con la oscuridad de Thin los bandidos pueden esconderse… —replicó el caballero. Entre las dos docenas de cadáveres que habían encontrado y la noche que estaba presente a media mañana, hacían inquietar a Ser Nilar Paladyen—. Además, casi no hay luna, y ni siquiera una estrella. Ya sabéis el dicho…

—Thin sin luna, custodia la cuna. Thin sin estrellas, maldición de Ellas —entonó Telo, algo más sombrío que antes—. Es posible que tengáis razón, pero debemos arriesgarnos.

Nilar frunció el ceño, haciéndole envejecer por momentos. Sin embargo, él era un joven de veinte años, diestro en la espada y cargado de motivación, y su rostro lampiño delataba su juventud, e incluso le hacía aparentar menos años de los que tenía. Sus ojos marrones y su pelo oscuro contrastaban con la palidez de su piel.

Continuaron a paso lento por entre los árboles, adentrándose en el bosquecillo. No era ni muy denso, ni muy extenso, pero tenía buenos escondrijos para los asaltadores. Entre la vegetación había matorrales y arbustos frondosos que sin duda alguna perderían  todas sus hojas en el transcurso de ese día; el invierno no perdonaba, y el cambio brusco de estación de un día para otro hacía estragos en el paisaje.

Los dos corceles iban hundiendo sus cascos en una tierra embarrada, producto de algún arroyuelo que se habría desviado de su curso normal.

—¿Lo oléis? —dijo Maese Telo, levantando ligeramente la cabeza.

—Huele a quemado —olfateó Ser Nilar Paladyen, alzando la antorcha para intentar localizar la procedencia de ese olor.

«Huele a masacre y miedo», pensó Telo. Apremió a su caballo, que recorrió el recodo que había en el sendero y salió fuera del bosque.

La veintena de casas dispuestas en ele que formaban aquella aldea habían sido quemadas hasta haber quedado reducidas a escombros y ceniza. De lo que otrora probablemente hubiese formado un establo con sus cuadras, quedaba tan solo una mancha negra que se extendía por los alrededores. Lo único que se tenía en pie era una capilla labrada en piedra que se encontraba en el centro, que estaba ennegrecida y saqueada. Todos los campos de cultivo cercanos también habían sido devastados, dejando un paisaje desolado y carente de vida.

—No creo que hayan sido simples bandidos, Maese Telo —habló el caballero, llegando al lugar donde estaba Telo, con ese tono de preocupación—. No deberíamos estar aquí…

—Escuchadme, Ser Nilar —se acercó a él montado en el corcel hasta quedar a su lado, cara a cara—. Esa gente que había colgada de esos árboles pertenecen a esta aldea. Han sido saqueados, sus hogares destruidos y ellos asesinados —hizo una pausa para mirar el cielo oscuro, observando la noche sin estrellas—. Pero puede que alguien haya sobrevivido. Nuestro deber es encontrarlo.

Espoleó el caballo bayo con suavidad y éste se giró lentamente y se dirigió hacia el centro de la aldea, soltando un relinche casi insonoro.

—¿Y por qué hemos venido solos? —preguntó desconcertado Ser Nilar, apremiando su montura para no quedarse rezagado—. Sesenta ojos ven más que cuatro…

—Y treinta personas asustan más que dos —cortó. Maese Telo Pyadan sabía de lo que hablaba, no era la primera vez que inspeccionaba una población arrasada. Durante la Quinta Rebelión de los Celegor, se había encontrado decenas de ellas, así que sabía cómo actuar—. Ataremos los caballos en ese poste —le indicó señalando un tronco clavado verticalmente en suelo, entre los escombros de una casa—. Mantened los ojos abiertos y no hagáis ruido.

Telo recogió del suelo una astilla grande que seguramente habría pertenecido a la viga de una de las casas. Desgarró la manga de su jubón y la ató en la punta de la madera. Con la otra antorcha prendió la suya, y así se dividieron para abarcar más terreno en menos tiempo. Ser Nilar Paladyen se dirigió hacia las ruinas del fondo, al lado de donde deberían haber estado las cuadras; y Maese Telo Pyadan, en dirección opuesta, hacia esa ermita de piedra. Si hubiera algún superviviente, sería posible que estuviese escondido en el único edificio que se mantenía alzado; por ese motivo o, quizá, por estar en un lugar sagrado, más cercano a Ellas. Tal vez lo encontrara acurrucado contra el altar rezando una oración de misericordia.

La ermita era sencilla, de cuatro paredes con un campanario diminuto, que se alzaba apenas un par de codos por encima del tejado. La puerta había sido de madera reforzada con tachones de hierro, pero solamente quedaba el metal con alguna pieza astillada y negruzca de madera. Con sigilo, se acercó al portón y desenvainó su espada larga. Era de acero del bueno, trabajada en las Forjas de Martillonegro, con una empuñadura en forma de cruz, de oro bruñido rematada con dos helicoides de plata y las tres puntas de hierro níveo. Era resistente, ligera y hermosa.

Empujó los retos de la portezuela hacia adentro con un gesto rápido y entró con un salto, apuntando con la espada. Pero solo encontró oscuridad, una tranquila e inquietante oscuridad. No tardó mucho en recorrer la estancia, que para decepción suya, solamente había escombros. Los bancos que habían servido para rezar las oraciones habían sido quemados junto con el resto de la aldea.

Se aproximó a la zona del altar, que estaba diferenciada con un altillo con tres escalones. Allí tampoco había la característica mesa de madera de las ofrendas, y mucho menos, las ofrendas en sí; habrían sido saqueadas.

Regresó por donde había venido, dándole una patada de pasada a una madera quemada, que fue a estrellarse contra la pared. Y en ese instante se oyó un respiro sonoro. Telo Pyadan se giró en redondo, alumbrando con la antorcha a su alrededor.

«Te he oído. Estás aquí», se dijo. Una figura correteó por detrás de la runa y de los despojos chamuscados, intentando no ser vista. Pero Maese Telo ya la había localizado. Anduvo un par de pasos y alzó la espada, apuntando a una pira de escombros. Cuando la rodeó con lentitud, vio unos tirabuzones dorados y la punta de un vestido.

—Tranquila, no voy a hacerte daño —le dijo a la niñita que se escondía, mientras envainaba la espada—. Conmigo vas a estar a salvo.

La chiquilla del pelo de oro no salió en seguida de su escondite. Poco a poco, y tras unas palabras de consuelo y amabilidad, asomó la cabeza y se quedó mirando a Telo con unos ojos grandes y verdes. Se parecía muchísimo a la otra niña que habían visto, colgada desnuda de un roble.

—¿Estás sola? —preguntó Telo, manteniendo las distancias para no incomodarla. Ella asintió con la cabeza—. ¿Cómo te llamas, pequeña? —pero no pronunció nombre alguno, tan solo se quedó observando—. Está bien; yo soy Maese Telo Pyadan, Administrador de las Tierras de la Capital. ¿Has estado alguna vez en Renan? —la niña negó de nuevo con un gesto de cabeza—. Espera, debes estar congelada.

Se desabrochó la capa de lana y se la tendió para que se tapara; la pobre chiquilla llevaba solamente ese vestido manchado de carbón medio destripado. Ella le miró con desconfianza, frotándose los brazos por el frío. Finalmente, alargó una mano flacucha y cogió la prenda que le ofrecía Telo.

—Mucho mejor, ¿no? —comentó agachándose para ponerse a la altura de la niña, hincando una rodilla en el suelo. Apoyó las manos en la rodilla que tenía doblada y esperó a que ella terminara de taparse—. ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Quién ha arrasado tu aleda, pequeña?

Pero la chica bajó la mirada y se echó a llorar. Abrió la boca para contestar, pero tan solo pudo sollozar. Había perdido a su madre, había perdido a su padre, había perdido a su hermano, a su hermana, a su abuela, a su tío, e incluso a su perro.

—Eh, eh. Ven aquí, pequeña. No llores —Telo intentó calmarla, ofreciéndole la mano. Ella se frotó los ojos enérgicamente, haciendo un intento vano de dejar de derramar lágrimas. Miró al hombre con desconfianza y avanzó un paso. Cogió la mano que le brindaba el Maese, con cautela; y luego, se lanzó a su cuello, abrazándole con todas sus fuerzas—. Ya está, estás a salvo —le animó, devolviéndole el abrazo, pero ella continuó llorando cada vez más fuerte.

—Aetta —le susurró al oído con voz aguda, entre sollozos—, me llamo Aetta.

Telo Pyadan se quedó impactado; nunca se hubiese imaginado que alguien pudiera llamarse así, puesto que, «aetta» significaba «noche sin estrellas». ¿Era, entonces, un mal presagio? ¿Era una simple casualidad encontrar una niña con ese nombre durante un Thin con ausencia de estrellas?

Se apartó poco a poco de Aetta y le acarició la cara. La niña tenía los ojos enrojecidos, con una mirada triste. Había estado sola desde que colgaran a sus familiares y vecinos, no había comido nada, no había dormido nada.

—Ven, te llevaré conmigo —habló Telo con voz melosa—. Tengo ropa y comida; podrás comer cuanto quieras y descansar —se levantó y, de la mano, la llevó afuera. Al salir, una bofetada de aire frío les golpeó, haciéndoles tiritar hasta los huesos.

Encontraron a Ser Nilar recorriendo las ruinas de las casas colindantes a la ermita, sin mucho éxito. Cuando se acercaron, alzó la antorcha hacia ellos, sujetando la espada en pose amenazadora.

—Ah. Creí que eráis un bandido, mi señor —respiró aliviado cuando entraron en el círculo de luz—. ¡Alabadas sean Ellas! ¡Habéis encontrado una niña!

Telo asintió con la cabeza, pero no borró la cara de preocupación que se le había quedado desde que la chiquilla le había dicho su nombre. «Es un mal presagio, seguro», se dijo mirando a Aetta. «Sería demasiada casualidad. Estoy convencido de que algo malo ha de suceder». Una vez estuvieron los tres, regresaron hacia sus monturas, pasando por al lado del cadáver de un caballo. Tenía un tajo enorme en el cuello, producido por un hachazo, que sin duda había sido la causa de su muerte. La herida estaba bañada en un charco de sangre seca y un centenar de moscas revoloteaban por encima. El olor a descomposición que desprendía la pieza se les mentía por las fosas nasales e impregnaba la ropa.

—Ven, no mires. Y tápate la nariz —indicó a Aetta. Maese Telo pasó su brazo por detrás del hombro de la niña y le obligó a mantener la mirada recta. No quería que viera ese espectáculo asqueroso.

Entonces, deseó que sus caballeros ya hubiesen enterrado a todos los muertos, puesto que la niña desnuda era su hermana gemela, y cinco personas más de su familia también habían sido colgadas. No era conveniente que Aetta observase cómo habían terminado.

Las dos monturas seguían atadas en el poste cuando llegaron. Hierro, el majestuoso corcel de Telo, era de color crema amarillenta, con la crin, la cola y la parte inferior de las cuatro extremidades de color negro como el azabache. Relinchó con suavidad cuando les vio aproximarse, doblando la pata delantera y picando contra el suelo. No le gustaba estar atado. En cambio, Rayorrojo, el de Ser Nilar, era alazán, de una tonalidad más bien oscura, con las crines rubias, y aguardaba la llegada de su jinete con tranquilidad.

Fue Ser Nilar quien ayudó a montar a la chiquilla en Hierro, mientras Telo desataba a los dos caballos y les acariciaba bajo la mandíbula.

—¿Y cómo se llama nuestra invitada? —preguntó el caballero que no había oído su nombre aún, mientras la acomodaba en el lomo del corcel.

—Mi nombre es Aetta —repitió ella.

A Ser Nilar Paladyen se le congeló una mueca de horror. Se giró hacia Maese Telo y le miró fijamente.

—Aetta… —murmuró el guardián—. Maese Telo, sabéis tan bien como yo qué significa eso… Y dudo mucho que sea una coincidencia —añadió, algo exaltado cogiendo las riendas de Rayorrojo—. Vayámonos de aquí de inmediato.

Le hubiera gustado seguir lo que quedaba de camino hasta Castillo de Diosas montado en Hierro, pero quería hacer compañía a Aetta, que reposaba en el interior del carruaje que tanto odiaba Telo.

La noche de mediodía no había cambiado respecto a la mañana: la luna se mostraba apenas como un tajo sonriente en medio de un mar negro, y las estrellas seguían escondidas, como si les diese miedo enseñar su brillo.

Un surco en el camino hizo que las ruedas chirriaran y que el carromato se tambaleara, cortando el hilo del pensamiento de Maese Telo. Maldijo en un murmullo para no despertar a Aetta e intentó concentrarse de nuevo.

Desde que montaran en los caballos y se pusieran en marcha, no habían vuelto a descansar; ni siquiera se habían detenido para comer. Durante el almuerzo habían cocinado suficiente carne como para acumular una reserva y no tener que detenerse a cocer más. Así pues, todos los hombres que formaban la escolta de Maese Telo Pyadan habían comido encima de sus caballos, sin abandonar la marcha ni un segundo.

«En menos de medio día llegaremos», se repetía Telo una y otra vez, con la esperanza de ver las antorchas de un bastión en el horizonte. Había apremiado considerablemente a sus caballeros y los había puesto en alerta; todos estaban pendientes de cualquier posible asaltante que pudiera haberse escondido en el camino. No quería arriesgarse a que ocurriese nada.

«Aunque, es solamente un mal augurio, no tiene por qué suceder nada malo…», intentó convencerse, en vano. Dirigió su mirada hacia Aetta, que estaba en el banco de enfrente acurrucada contra sus rodillas y tapada con una manta de pieles que le había dejado Ser Nilar. Casi por un instante se había olvidado del invierno.

Viajar en verano era precario, sobre todo porque las provisiones de agua disminuían a grandes velocidades. Pero hacerlo en invierno podía ser incluso peor: las ráfagas de aire helado eran frecuentes y las nevascas muy peligrosas; incluso les podían dejar colgados de nieve en medio de la nada, sin alimentos ni refugio. Por suerte, ese primer día de invierno, no mostraba claras intenciones de nevar.

—¿Dónde vamos, señor? —preguntó Aetta con esa vocecilla aguda, que se acababa de despertar. Sus ojos verdes lo miraron con cautela.

—Vamos a buscar a mi madre para que regrese con nosotros a la capital —le explicó Telo pausadamente—. Ya verás, ella cuidará de ti. Y cuando volvamos a Renan, podrás ser copera de mi padre, allí estarás protegida.

—Mi papá decía que solo las personas importantes tienen siervos —comentó a media voz, incorporándose en el asiento pero sin quitarse de encima las pieles.

—Mi padre, Don Elan, es el Conde de Renan, y mi madre, Doña Oria, es la hermana del Conde de Castillo de Diosas —la niña, a pesar de tener solo diez años y ser una plebeya, sabía muy bien que el título de conde tenía gran relevancia—. Así que soy el heredero de Renan —terminó Telo, esbozando una sonrisa tranquilizadora.

—Lo siento, señor —dijo exaltada—. Debería hablaros de vos. Mi papá me dijo que a los nobles de Alta Cuna se os tenía que mostrar un gran respeto.

—Sabio hombre, tu padre. Pero no temas, pequeña, puedes hablarme como quieras. Pero que quede entre tú y yo, ¡eh! —añadió giñándole un ojo. Aetta dibujó una sonrisa de dientes pequeños. Era la primera vez que la veía sonreír.

Repentinamente, se sintió extraño. ¿Cuánto hacía que no hablaba con una chiquilla? En la Corte del Rey, en Renan, no solía haber nadie tan pequeño: el Príncipe iba camino de los treinta años y no tenía hermanos pequeños; tampoco hijos, como Telo Pyadan, que con sus treinta y cinco años todavía no se había casado; como mucho, de cuando en cuando, algún miembro del Sendair o del Sendocar traía a la capital alguno de sus hijos menores; pero por lo general, no solían haber críos allí.

—Aetta, ¿te apetece comer algo? —le preguntó con suavidad. En realidad no sabía cómo tratarla.

Ella asintió con la cabeza. Maese Telo abrió la puerta del carromato, sin que éste se detuviese, y pidió algo de comida. Uno de sus caballeros, galopando en paralelo al carruaje, le pasó un recipiente de mimbre con un pedacito de carne y unas nueces. También le entregó un pellejo con agua, que a la pobre le hacía mucha falta. Aetta estuvo muy agradecida, cosa que expresó educadamente, y después, comenzó a devorar los alimentos. Hacía dos días que no comía nada.

Cuando terminó, volvió a estirarse; estaba agotada. Y justo antes de quedarse dormida, murmuró unas palabras:

—¿Cuándo volverán mamá y papá?

Maese Telo Pyadan no supo qué responder, simplemente se quedó callado con la mirada perdida hasta que Aetta cerró los ojos. La niña no era consciente de que toda su familia había muerto. Tal vez, cuando los bandidos entraran en la aldea, su padre le mandara esconderse, y por eso seguía viva. Su hermana gemela y los demás no habían corrido la misma suerte.

—Te prometo que encontraré a los que quemaron tu aldea y les llevaré ante la justicia —le susurró, aunque ella estaba sumida en un sueño profundo y no podía escucharle.

 

 

Las dos montañas que estaban más al sureste de la cordillera de Keabian no eran escandalosamente altas. No obstante, destacaban por ser escarpadas, con acantilados muy pronunciados, cuyo nudo que formaban en el punto donde se encontraban las dos laderas estaba atravesado por un camino de tierra alisada bastante ancho. Esa vía conducía desde campo abierto hasta el cruce de las montañas, y de allí, a Castillo de Diosas. Ambos lados de la calzada estaban guardados por un muro de piedra que llegaría a la altura de la cadera a un hombre de estatura media.

Cuando la comitiva comenzaba a ascender hacia el cuello, empezaba a hacerse de noche propiamente dicha, aunque hubiesen tenido cielo negro durante todo el día. Normalmente los caballeros no solían recorrer las serranías a horas nocturnas, y mucho menos durante un Thin, podían correr riesgos al ir montados a caballo; pero como el camino no tenía pérdida y ningún peligro aparente… A demás estaba el ansia de Maese Telo por llegar de una vez por todas.

Los árboles que poblaban las laderas de los montes, por la zona baja, eran robles de oden: tenían los troncos más finos que el resto de robles y eran de hoja caduca, así que en poco tiempo estarían más pelados que una oveja tras ser esquilada. Eso se debía a lo que los habitantes de Keban llamaban «el Pequeño Otoño». Era el Thin entre un verano y un invierno, que hacía que la vegetación se comportase en un solo día como si hubiera transcurrido todo un otoño. En realidad, el cambio de verano a invierno y viceversa era un corte brusco: ambas estaciones eran secas, pero con temperaturas totalmente opuestas, y, aunque la vegetación ya comenzaba a volverse amarillenta desde la estación de calor, todas las hojas se perdían en un día. Muy distinto eran los ciclos primavera-otoño, donde el cambio de estación se percibía más progresivo: eran períodos de lluvias, con temperaturas moderadas, y la defoliación se producía a lo largo de todo el mes.

—Poco falta ya —comentó Maese Telo, ansioso.

Había dejado a Aetta dentro del carruaje, que aún dormía. Él había decidido llegar a la fortaleza de Don Borys Harend a caballo, codo con codo con sus hombres.

—Maese Telo, ¿hace cuánto que no veis a vuestro tío? —le preguntó Ser Nilar Paladyen.

—Creo que desde la última vez que vine a Kaian, hará dos años —respondió haciendo memoria—. Había habido algún problema con piratas en el Magery y el Rey me había enviado a calmar la situación. Ya que estaba cerca pasé por Castillo de Diosas —añadió intentando taparse adecuadamente con su capa para no sufrir tanto frío.

—Creí que dejasteis de ser caballero cuando os otorgaron el título de Administrador de las Tierras de la Capital —dijo confundido Ser Nilar. La luz de las antorchas que portaban todos los escoltas arrancaba destellos en las armaduras de bronce que llevaban, dándole a su rostro un reflejo anaranjado—. ¿Eso no fue hace cinco?

—En efecto, pero Saýs el Delfín me había enviado como supuesto dialogador, no en misión de guerra —le contó con media sonrisa en la boca—. Por supuesto hice caso omiso y actué como buen caballero que había sido.

—¿Y qué hicisteis?

—¿Con los piratas? Los pasé a todos por la espada —confesó con voz turbia. Espoleó a Hierro y se colocó a la delantera del regimiento; quería que su tío Borys le viera llegar como un buen líder.

El ventisqueo corría sinuoso entre los árboles, silbando por los huecos que dejaban las piedras que formaban el muro, recubiertas de musgo y enredaderas, produciendo un susurro siniestro. Y el frío, que cada vez era más pronunciado, les cortaba el rostro como cuchillos afilados.

Siguieron ascendiendo por la ladera, recorriendo la calzada con paso apremiante. Ser Nilar rápidamente se volvió a colocar junto a su señor, no quería abandonar su guardia ni un segundo. Pese a ser un muchacho joven, con su mente distraída con el sexo, las ambiciones de gloria y las ganas de entrar en combate, tenía muy clara la jerarquía y las funciones que le habían sido otorgadas; sería capaz de dar su vida por Maese Telo Pyadan, no solo porque así lo requería su deber, sino porque Telo era una de las mejores personas a las que había servido.

—Mi señor, ¿puedo haceros una pregunta?

—Como deseéis —le respondió con una voz más pesada que antes. Ser Nilar percibió la inquietud de Telo, aún así, osó formular la cuestión:

—¿Por qué dejasteis de ser caballero? Quiero decir, ¿el título de caballero no es de por vida? —Maese Telo se removió en la silla de montar, incómodo.

—Vos mismo os habéis contestado antes: me otorgaron la función de Administrador de las Tierras de la Capital…

—Pero una cosa no debería quitar a la otra, ¿verdad? —inquirió extrañado Nilar. Telo frunció los labios, como si estuviese reprimiéndose la respuesta.

—Me he seguido comportando como tal, si a eso os referís —dijo Telo intentando desviar el tema—. Soy primogénito de Don Elan Pyadan, Conde de Renan; soy su heredero, así que tarde o temprano tendré que asumir su cargo. Que no me llamen ser no quiere decir que no me siga sintiendo como si fuese caballero.

Y allí zanjó la conversación. Maese Telo era bastante susceptible en cuanto a ese tema. Parecía como si hubiese sido el día anterior cuando abandonó las justas y los torneos, pero ya hacía cinco años de eso.

Suspiró y volvió a arriar a Hierro para obligar a la columna a aligerar el paso. En el tramo final del ascenso hasta el nudo de las dos montañas, la pendiente se pronunciaba notoriamente, no obstante, era algo sencillo para los caballos, que avanzaban sin cesar.

Al alcanzar ese punto, se detuvo un instante a observar el valle que se abría ante ellos: separaba las dos primeras montañas de una tercera y era como un mar de rocas y árboles; no había otros caminos a parte de la calzada amurallada para cruzarlo, que ascendía zigzagueante por la ladera del monte. Ese, tenía una terraza natural gigantesca, haciendo que su perfil fuese como un asiento, cuya explanada, que se encontraba a un nivel más alto que el cuello desde el que ojeaban, estaba asentada la fortaleza de Castillo de Diosas.

Las antorchas brillaban desde la muralla de piedras grises que rodeaba el castillo. En realidad, solo estaba protegido con el muro por la parte frontal, el flanco izquierdo y la mitad de la retaguardia; la otra mitad de atrás y el flanco derecho estaban delimitados y resguardados por la propia falda de la montaña. Además, tras la muralla izquierda había un acantilado, haciendo así que la única forma de atacar el bastión fuese por la vía que desembocaba en la puerta principal. Guardando ese portón había dos pequeñas torres descubiertas, una a cada lado. Por supuesto que tanto ambas torres como los muros estaban rematadas por almenas rectangulares.

La barbacana de Castillo de Diosas se encontraba a cien pasos de distancia por la calzada y estaba formada por una única torre que cortaba el paso con una doble verja de hierro negro. Allí se toparon con el caballero que hacía de guardián de la Puerta de la Fe.

—Buenas noches tengáis, buen caballero —dijo Telo cuando llegó ante él—. Soy Maese Telo Pyadan, Administrador de las Tierras de la Capital.

—Oh. Por supuesto, mi señor. Aguardábamos vuestra llegada —le contestó haciendo una reverencia.

Retiró al instante las puertas, permitiéndoles el acceso. Seguidamente, hizo sonar su trompeta, que fue recibida desde la muralla con el descenso chirriante del puente levadizo. Dejaron atrás esa torre de vigilancia a la que llamaban Puerta de la Fe y continuaron por el camino hasta entrar dentro de los muros.

El castillo de Castillo de Diosas era un edificio de piedra recubierto por una capa de yeso blanco, compuesto por tres naves que se unían formando una te y tres torres cuadradas detrás, que la coronaban. La nave central era rectangular y estaba cubierta por un tejado inclinado de tejas negras, como las dos laterales, pero era mucho más antigua; eso se debía a que otrora era el único edificio que había en ese lugar, puesto que, inicialmente, esa edificación había sido una iglesia construida por frailes, allá por la Edad del Poder. Mucho más tarde, añadieron las otras dos alas, pero siguiendo el mismo patrón constructivo. Las tres torres del fondo eran más recientes aún, pero también estaban cubiertas por yeso y coronadas por conos de tejas negras. En las tres puntas ondeaban estandartes con el blasón de la Casa Harend: tres ojos de plata colocados en palo, sobre leonado, con una bordura morada.

Entre el castillo y la muralla había otros edificios mucho más pequeños y casitas que daban alojamiento a todos los habitantes de Castillo de Diosas: a los guardias, a los campesinos y al personal de servicio.

Se acercaron a la puerta del castillo, que a esas horas de la noche estaba silencioso. La fachada de ése era la típica de una iglesia: un tímpano de múltiples arquivoltas escalonadas, dentro del cual había una cristalera circular de vidrios de colores, sostenido por cuatro columnas adosadas a cada lado. A parte, justo donde empezaba el tejado, sobresalían dos minaretes acabados en cúpulas diminutas.

En los escalones que daban acceso a la puerta, aguardaba un hombre entrado en años, con el pelo cano, pero que conservaba su buena planta. Don Borys Harend sostenía en su mano un pergamino doblado, y en su hombro reposaba un halcón dorado.

Telo se quedó más helado que la temperatura que hacía. «Malas noticias», concluyó.

—Telo, sobrino mío, me temo que ha llegado un halcón desde Renan… —le dijo con voz pastosa Don Borys. Le hizo entrega del pergamino. Maese Telo Pyadan lo abrió con ansia y lo acercó a su antorcha.

—Don Elan Pyadan, Conde de Renan y Señor del Filo, ha fallecido —leyó en un murmuro el contenido, y por un instante se le detuvo el corazón. Se quedó estupefacto y releyó de nuevo el mensaje—. Mi padre ha muerto…

—Lo siento mucho —le dio el pésame su tío, apoyando su mano huesuda en el hombro de Telo—. Vuestro padre fue un gran hombre.

«Thin sin estrellas, maldición de Ellas», pensó abrumado Don Telo Pyadan antes de darse cuenta de que la antorcha se le había caído al suelo.

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