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La Vida del Señor Eme: el Gran Día

16 marzo, 2016 , In: En castellano, Relatos , With: No Comments
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El Señor Eme se levantó, como cada mañana, antes que sonara el despertador, justo a las seis cincuenta y cinco. Como era habitual en él, empleó cinco minutos, ni uno más, ni uno menos, en hacerse el remolón en la cama, desperezándose y entrelazándose con las sábanas blancas como la leche. Los resquicios de la persiana dejaban entrar unos haces de luz que se proyectaban ordenados en filas y columnas por todas partes como pequeñas motas iluminadas.

Tras apenas un esfuerzo se alejó de la cama, dejando allí sueños, preocupaciones y malestares. Iba a enfrentarse a un gran día, tal vez uno de los más importantes de su vida, y tenía que estar despejado y enérgico. Pero eso no era problema para el Señor Eme, que cada día se despertaba con una positividad fuera de lo común.

Antes de salir de la habitación echó un vistazo a la fotografía que reposaba encima de la mesa negra, junto a la ventana. Las dos figuras, un niño y una niña, aparecían desnuditos cogidos de la mano en un jardín. Eran rubios y con el rostro iluminado de inocencia e ignorancia. Esa era la única evidencia que tenía de la existencia de su hermana pequeña. Hasta ese día. Justamente aquella mañana iba a reencontrarse con ella tras treinta años sin saber absolutamente nada. Se moría de ganas de verla, de saber qué había sido de su vida, de si estaba casada, si tenía hijos, de qué trabajaba, a qué sitios había viajado… tantas preguntas se le ocurrían al Señor Eme que sus ojos brillaron de emoción.

Se dirigió a la cocina a preparar su desayuno de los sábados: dos tostadas de pan de molde integral, muy doradas pero sin llegar a quemarse, con dos lonchas de jamón y dos de queso; un café con leche, largo de café, con la leche fría y sacarina en lugar de azúcar; un zumo de naranja recién exprimido; y una manzana roja. Todo estaba pensado y preparado al milímetro, y cada sábado era el mismo ritual: cogía, en el mismo orden, el plato de tostadas, la manzana, el café y el zumo, y los colocaba en una bandeja de plástico que se llevaba hasta el comedor, donde la dejaba perfectamente alineada con los cuadraditos del mantel de la mesa. Después se sentaba en un butacón a comérselo todo con cierta parsimonia.

Media hora más tarde ya se disponía salir de casa, recién desayunado y vestido para la ocasión. La camisa turquesa que se había puesto se veía radiante con el espléndido sol que hacía aquella mañana. Al Señor Eme le encantaba tener toda la ropa bien planchada y doblada, sin ni un descosido ni una manchita, incluso los zapatos parecían siempre nuevos.

Descendió por la calle Diagonal hasta llegar a la boca del metro que llevaba el mismo nombre, e intentó reprimir el ansia de echar a correr escaleras abajo, como si el hecho de estar en el andén hiciese que llegase antes. No obstante, cuando alcanzó el andén, dio la casualidad que había un metro a punto de irse, así que aceleró los últimos pasos y entró en el vagón justo un instante antes de que se cerrasen las puertas.

Y una vez se hubo sentado en uno de los asientos libres, se enamoró. La chica que había frente suyo era la perfección hecha carne. Su larga melena caía como una cascada por el lado derecho de su cuerpo, ondulada como el mar; su rostro suave y alargado no denotaba ni una arruga, y su piel, de color almendra, se advertía fina y tersa. Su nariz era respingona y pequeña, como sus labios, que parecían llamarlo a gritos. Los ojos verdes de la muchacha rebuscaban entre las páginas de un libro recién comprado.

De golpe, ella levantó la mirada y se encontró con la del Señor Eme. El tiempo pareció detenerse. La chicha le observó con aparente indiferencia, pero sin apartar la vista de él. El metro frenó en la parada de Plaza Cataluña, y ambos se levantaron y descendieron del vagón.

Se quedaron de pie en el andén, mirándose, hasta que ella le sonrió y se acercó a él. Al Señor Eme se le aceleró el corazón: aquella belleza iba a hablarle. Tal vez resultaba ser el amor de su vida, la mujer que siempre había estado esperando. Él, colocándose el cuello de la camisa, espero las primeras palabras:

—¡Cuánto tiempo hermano!

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