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Prólogo: Sangre de Traidor (I)

26 mayo, 2016 , In: El Imperio de los Secretos , With: No Comments
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Se trataba de una densa niebla, la que lo envolvía todo, cuya espesura blanquecina producía una intranquila sensación de malestar.

Los montes se advertían como pequeñas puntas en ese mar blanco y brumoso; pero en la cima en la que él se encontraba, en la parte más alta, llamaba indudablemente la atención un árbol seco que echaba raíces en un saliente rocoso, de tronco ancho y ramas gruesas.

Y mirando a su alrededor descubrió que nada era como él pretendía, nada de lo que ideaba salía con precisión, todo estaba más lejos de lo que su percepción le hacía creer, sus finalidades se desvanecían.

El cuerpo tendido frente suyo, inmóvil y frío, había perdido todo su carisma. Esos ojos en los que buscaba respuestas habían cambiado: se manifestaban ante él de una forma distinta, de un brillo inerte. Se dio cuenta, en seguida, que ya no pertenecían a la persona que esperaba; que simplemente habían dejado de existir y apenas tenían resplandor alguno.

Y ese era el futuro que a todos les aguardaba: el adiós. Un adiós definitivo, una despedida inevitable, que producía un temor sombrío y oscuro, del que todos huían. Pero, sin embargo, nadie podía escapar de él, porque por desgracia siempre llegaba esa muerte que todos aguardaban con recelo.

Aquel día había tenido una extraña sensación, durante su larga noche de insomnio. Hubiera jurado que eran solo imaginaciones suyas; pero como esa impresión le había mostrado, su hermano había muerto. Y simplemente pudo dejarse llevar por su corazón, por su instinto. Ese sentido que le había llevado a subir a la montaña más alta, cargando con el cadáver y depositándolo en el suelo, frente al árbol solitario.

Una última hoja, seca y podrida, muerta, cayó de una de las ramas, meciéndose con el viento y deteniéndose a los pies del cadáver. El hombre se agachó y, con la mano enfundada en un guante negro como la noche, la estrujó hasta reducirla a una fina lluvia de partículas orgánicas.

Tras reflexionar apenas unos segundos, se percató de que esa defunción física de su cuerpo, que ellos tan desganadamente esperaban al paso de los años, podía venir acompañada de una muerte mucho peor: la caída del alma.

Irónicamente, en seguida lo entendió: sus almas ya habían muerto, hacía tiempo, corrompidas por todas las acciones cometidas durante sus vidas. Vidas que habían dedicado a la exterminación y al caos, a la rotura del preciso equilibrio del mundo, al desmorone de sociedades y civilizaciones más antiguas que ellos mismos.

Se creían superiores, se creían deidades. Y él bien sabía que de divinidades poco tenían. Aún así, sus conductas habían sido obscenas y arrogantes. Ellos seguían el comportamiento de los dioses, como si lo mismo fueran. Se atribuían, orgullosos y maravillados, el progreso y el avance que ellos mismos habían liderado en el mundo.

Pero no se dieron cuenta que jamás llegarían a nada. No fueron capaces de deducir que todas las complicaciones de sus planes y la espesa neblina que les rodeaba, era causada por la ira de los dioses, los verdaderos dioses del mundo. Unos seres omnipotentes cuya existencia no estaba asegurada y, aún así, muchos seguidores les rendían un culto ciego e irrevocable.

El relámpago cruzó el cielo, iluminando brevemente su alrededor difuminado de blanco y gris. Un sonido siseó entre las ramas, como una serpiente, recordándole la arcana leyenda de la Creación. Serpiente, manzana, hombre y mujer. Había aprendido esa historia ya hacía varios años.           Pero poca gente seguía teniendo fe en esa creencia, y quizá por eso estaban todos condenados.

O quizá no, ya que en los últimos tiempos que corrían, la existencia de esos mismos dioses se había puesto en duda innumerables veces. Así pues, no podían existir los dioses sin súbditos que los adorasen. Era como una simbiosis.

Sin embargo, sus almas ya estaban perdidas, con o sin divinidades. Porque tras haber causado la muerte al mismo mundo que ellos habitaban, ya no les podían quedar esperanzas. Tan solo esperarían a la muerte de sus cuerpos. Si existían los dioses, podían suplicarles el perdón. Si no existían, poco quedaba por hacer.

El cuerpo sinuoso y escamado de la serpiente reptó por entre las ramas, enroscándose en el árbol seco, abrazándolo, oprimiéndolo. Pero el hombre se limitaba a mirarlo.

Sus rizos cortos y oscuros revoloteaban con la brisa que corría entre la bruma, y los relámpagos plateados alumbraban sus ojos púrpura.

«Y me temo que ya no podemos invertir el proceso que hemos iniciado», se dijo a sí mismo, con cierto tono de amargura.

Él bien lo sabía. Habían tentado a la suerte, habían sido tan ignorantes como para creer que podían controlarlo todo… sin sufrir consecuencia alguna. Sus almas ya no perdurarían toda la eternidad. Serían castigados, por los dioses o por quién fuese.

«¿Y si nos estamos equivocando?», se preguntó mientras observaba el cuerpo sin vida de su hermano, iluminado por otro relámpago plateado. «¿Y si resulta que hay una solución? ¿Y si podemos comenzar desde cero?».

Por suerte para él, no había sido responsable directo de todos esos crímenes contra la naturaleza; tan siquiera llevaba mucho tiempo en ese mundo. Por supuesto que se refería a los estúpidos humanos de Teralia, siempre hundiendo sus agresivas tecnologías en unas tierras diseñadas naturalmente para resistirlo todo. Todo menos a los propios humanos.

Si tan siquiera el mundo podía soportarlos, ¿realmente no quedaba ni una brizna de esperanza a la que aferrarse?

La serpiente silbó de nuevo, pero con un siseo más pronunciado que antes. Un último relámpago cayó directamente encima de ese único árbol seco que había en el risco, y estalló en llamas. Él se quedó mirando fijamente el espectáculo luminoso que se le mostraba, sin atisbar ni un sentimiento. El naranja, el rojo y el amarillo batallaban entre ellos para consumir la corteza agrietada y marchita.

Y el sonido de la víbora se agudizó, penetrando en sus tímpanos, y las llamas, que devoraban con afán la madera seca del árbol y consumían con frenesí el largo cuerpo de la serpiente, escupieron un fragmento de cristal rojizo, que cayó junto a la cabeza del cadáver.

Pero el hombre no retiró hacia atrás a su hermano sin vida, permitiendo así que las llamaradas que lamían la corteza comenzaran a incinerarlo. Él seguía la antigua costumbre de su pueblo de quemar a los muertos, y pese a no estar en ese lugar, él jamás olvidaba sus arcanas tradiciones; nunca las traicionaría.

Mientras el fuego lo consumía, se arrodilló a su lado y posó su mirada en el mineral carmesí que había liberado el árbol.

«Pero siempre hay esperanza, aunque no sea en este mundo… ».

 

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